Dejadme escribir estos versos;
que en mi soledad sean compañía.
Dejadme encontrar de nuevo, entre las palabras perdidas: la séquia, el mango, el potrero baldío, la soledad bienvenida.
Ahora que escribo, recuerdo. Y en el recuerdo una profecía: cien años de soledad fue construida,
hecha en exilio y sin compañía.
Fueron sus planos el tiempo perdido,
allí donde los afortunados han nacido
-y que para tantos es solo tiempo construido. Yo no soy, confieso, obrero tan instruido,
pero con bosquejos me basta,
saboreo lo que me plazca,
y lo demás... osea todo: olvido.
Algún sabio dijo: la energía no se crea ni se destruye,
solo se transforma. Permitanme opinar al respecto, sino es mucha la herejía. No es consuelo la eternidad de la energía,
si para perpetuarse, transformarse debería, aquí mi amigo se marca
la tajante raya entre hombres y lo que tan solo es materia sin vida.
Ahora dejadme hablar de leyes entre hombres y postular la reencarnación
como salida. Se sabe bien, en estos días, que la transmutación del alma no es
pura fantasía. Lo atestiguan los hombres de más cara sabiduría: poetas, escritores y más de un columnista, los más actuales directores y editores de revista. Se trata pues de estar un paso adelante de la muerte, señores esto no es palabrería! Pero
si de palabrería hablamos, permítanme decirles: palabrería es tan solo la palabra ebria... y con rima! –no existe la palabrería sin rima, aunque algunos dicen, es propia de la materia sin vida–.
De reencarnación les decía, el secreto está en la lengua viva,
tomar el recuerdo y traerlo a la vida,
permitir a la retina una segunda sorprendida,
nada nuevo por supuesto: recordar es volver a vivir, el bolero lo decía.
Más lo que distingue al narrador de la simple llama
que en la oscuridad es consumida, es aquello de recordar para afuera,
de engañar la retina.
Ahora mis palabras hieden a teoría, cuando lo que anhelo es recuerdo
de la vida mía. No os apresureis a hacer conclusiones que la cuestión no
es sencilla; teorizar no ha sido mi vida, aunque de coma en coma una que
otra hipótesis haya sido construida. La verdad, si la hubo, es que la palabra
en mi vida ha sido instrumento casi puro de mentira, para esconder aquella vieja verdad: el sentimiento como guía. El olor y los abrazos, el calor y la desidia, desilusión y alegría, esos son los faros de mi vida. Siglo de las luces? nosotros no tuvimos, demasiada gente conocida. La tiranía de la familia contra el proyecto civilizador, un mejor título para escribir nuestra anticuada verdad. Ahora hablo de "nosotros" sin vuestro consentimiento; al menos tuve la cordura de no decir quienes eramos.
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